Entró a la casa
deshabitada y no había muros. Había piedras en el camino, había techos de paja
y algunos vestigios de barro, que en algún momento se erigieron para formar una
pared de adobe. Ahora, no había nada, más que escombros en el sendero.
En la casa sólo
faltaban los hálitos de los muertos, pues aún se sentía la sangre de los que
habían partido hacia la ruta desconocida.
Como si nada de
eso importara, cada uno de los que habían muerto en esa casa guardaba algo de
él… no sé si en el camino, en el barro, en los techos de paja o simplemente en
el mismo aire. Algo había en ese aire que sucumbía al espasmo… y en él nada
podía escapar, todo se confundía en la misma respiración.
De todas formas,
una vez adentro, él no se sintió desconcertado sino cuando se dio cuenta que no
había más un más allá de la casa, no había otra cosa, no había nada más allá de
la casa, que todo estaba dentro, que él mismo ahora era casa, barro, sendero y
camino, que era el techo de paja y las muertas presencias de sangre que se olía
cada vez más fuerte y más envolvente.
Pero mientras
desfallecía en el interior vio que renacía hacia ámbitos que no sabía ni se
había imaginado, como si vivir dentro fuese un misterio y el secreto buscado y
al fin encontrado.
El secreto es uno
mismo en una búsqueda que no tiene fin, infinita e inconmensurable. Hallarse
desconcertado, perdido en un sinfín de escombros en el camino, no es un
desencuentro… es llegar a uno mismo.